11/17/2021
La promesa familiar de la acción
por el Rev. Dr. Neal Presa
Tercer domingo de Adviento - 12 de diciembre de 2021
Lucas 3:7-18
Cuando era pastor en solitario de una pequeña congregación, apreciaba las relaciones íntimas y cercanas entre los miembros de la congregación y los residentes del vecindario. En todas las comidas de la iglesia, una de nuestras viudas traía sus huevos endiablados con una pizca de pimentón en cada uno, y otra traía puré de boniatos al horno con malvaviscos. En nuestra calle, siempre podía contar con que nuestros queridos vecinos de enfrente tendrían sus renos mecedores en el jardín delantero, al igual que ellos podían contar conmigo para colocar nuestras figuras de madera del belén en nuestro césped. Y todos podemos esperar que, desde el Día de Acción de Gracias hasta el 31 de diciembre, haya multitudes en los centros comerciales, por mucha nieve o aguanieve que caiga en la carretera. Eso es justo lo que se hace en Adviento y Navidad.

Por eso, cuando miramos Lucas 3:7-18, hay ciertas cosas que hemos llegado a esperar, especialmente cuando se trata del asunto de Juan "proclamando las buenas nuevas a la gente". Cuando la multitud preguntó: "¿Qué debemos hacer, pues?". En primer lugar, debemos reconocer el mérito de la multitud por buscar algo de teología práctica tras recibir la reprimenda de Juan: "¡Cría de víboras!", en lugar de echarle de la ciudad. O tal vez su pregunta era indicativa de que la predicación del arrepentimiento y del Espíritu que endereza el camino estaba surtiendo efecto. No esperaríamos menos que cuando el Espíritu está presente, la gente cambie y sea cambiada.
Por eso, cuando se proclama la buena nueva, cabe esperar una respuesta. Juan se sumerge de lleno en la cuestión. ¿Qué deben/hacemos cuando se proclama y se recibe la buena nueva? Al que no tenga ropa ni comida suficiente, dale lo que necesite tu prójimo y el forastero. En cuanto a los recaudadores de impuestos, haced lo contrario de lo que os dicte vuestro instinto o de lo que estéis acostumbrados o incluso de lo que digan sus jefes... no recaudéis más de lo que está mandado; tratad con honradez. En cuanto a los soldados y a cualquier funcionario armado del Estado, no amenacéis a los demás, no los extorsionéis ni acuséis falsamente, y contentaos con vuestra paga. Todo esto quiere decir que Dios esperaría que en nuestros corazones humanos y en los sistemas humanos hubiera un descuido por el desnudo y el hambriento, que hubiera usura y extorsión, que hubiera descontento y malestar, que hubiera maltrato. Al fin y al cabo, somos seres humanos quebrados, que somos crías de víboras debajo de los villancicos, debajo de nuestro atuendo clerical, debajo de la manicura con la que nos desenvolvemos. Por eso no podemos esperar menos de Dios que actúe para limpiar la era, aventar el trigo y reunirnos. Este acto de Dios, esta promesa familiar, es lo que el texto evangélico describe como el Señor "bautiz[ando] con Espíritu Santo y fuego".